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Las palabras del personaje Martín Echenique describen lo que es en realidad cualquier nación, una herramienta para aglutinar y discriminar.

En días como hoy abundan las discusiones sobre nacionalismos y cuestiones identitarias, así como los golpes de pecho de aquellos que se sienten patriotas. Unos muestran su amor a su bandera con gestos simbólicos, asiduamente ostentosos, y otros la desacreditan reivindicando en contraposición la suya propia. Y en el proceso ambos se atacan sin demasiados miramientos, con toda diferencia habida y por haber en el epicentro del airado debate.

La patria es un concepto abstracto y escurridizo, o como diría el personaje Martín Echenique en Martín (Hache), “un invento”. La nación como estructura sociológica no tiene otra función que unirnos a otros semejantes con los que compartimos unos rasgos comunes, diferenciándonos y distanciándonos al mismo tiempo de los otros, aquellos que son diferentes. Por tanto es un constructo social cuyo único valor es el que sus habitantes le den a esa unión y a sus correspondientes símbolos.

Y el valor que parece dársele a banderas y términos como España o Cataluña es muy alto y real, a pesar de no ser más que meras abstracciones de una idea. Y por desgracia se anteponen estos símbolos a las personas en muchos casos, siendo aparentemente más importante la integridad de un concepto que los individuos que lo conforman.

Es por ello que las palabras que Aristarain puso en boca de Martín Echenique resultan tan apropiadas. Entre tanta muestra de amor a un colorido trozo de trapo y al conjunto de fonemas que le acompañan, se olvidan las personas que conforman esa patria. Es más, la patria no deben ser banderas ni himnos, sino personas. Y mientras los que se sienten patriotas hablan de la Marca España o cualquier otra insidiosa imagen del abstracto conjunto que una nación supone, se deja de lado a la verdadera nación. Y luego se tilda de antipatriota a aquel que desprecia la bandera, pero sí piensa en sus vecinos y compañeros, en su patria.

Dejemos pues de besar banderas y cantar himnos, así como de enfrentarnos al diferente por tener otros rasgos, y pongamos la vista en lo que de verdad importa: en los males de la patria. Pero en los males de la de verdad, no de esa con la que nos bombardean los gobernantes. Los males de aquellos con quienes compartimos nuestra vida, que no son pocos.

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