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The Newsroom trató con una sed de venganza antidemocrática la muerte de Bin Laden, al igual que el pueblo estadounidense.

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(Esta entrada contiene spoilers de un capítulo de la serie.)

Hace poco comencé a ver la serie The Newsroom. Enganchado por una trama sobre la profesión que trato de ejercer con altas dosis de épica, y a pesar de sus ocasionales muestras de patriotismo rancio y el carácter romántico ñoño que se va extendiendo entre los personajes a partir del quinto o sexto episodio, devoré su primera temporada en pocos días.

Su sentimiento yankee y su exaltación de la gran nación en la que se encuentran (aunque comparados con otros productos culturales norteamericanos esta serie sea bastante light) le resta a una serie donde casi todo es el como debería ser en lugar de el como es real de los medios. Pero entre todos los capítulos en particular hay uno donde lo más preocupante no es si consideran a Estados Unidos la mejor nación del mundo o no, ni si hacen o no lo que deben hacer como periodistas, sino la desconsideración hacia la justicia que muestra, en línea con esa misma actitud que mostró todo el país cuando el hecho en el que se centra ocurrió.

El capítulo en cuestión es el llamado “1 de mayo de 2011”, en el que sale la noticia de la muerte de Bin Laden, que ocurrió el día que da nombre a este episodio. Un momento de alta relevancia y sentimentalismo para el pueblo estadounidense sin duda, dado que su gran enemigo (al menos según apuntaban gobernantes y medios), el hombre único que parecía monopolizar el terror de todos los habitantes del tercer país más poblado del mundo, había muerto. Su fallecimiento se presentaba por tanto como el final de la era del terror en Estados Unidos.

Sin embargo, ¿nadie se paró a pensar en las formas? A nadie parecía preocuparle cómo hubiera llegado a morir el archiconocido líder terrorista, y bien lo muestra este capítulo, en que cada persona ajena al programa que recibe la noticia da signos de alegría y en que tras la emisión la redacción celebra la muerte de Bin Laden, sin preguntar en ningún momento qué operativo llevó a cabo el gobierno estadounidense. A nadie parece importarle que el criminal en cuestión no fuera llevado ante un tribunal que dictara sentencia contra él, como prevé la ley. Solo parece importar que el máximo responsable de el atentado del 11 de septiembre de 2001 había recibido de su propia medicina.

Pero las informaciones posteriores apuntaron a que Bin Laden no fue ejecutado, sino asesinado en un operativo que poco tiene que ver con un procedimiento legal y legítimo. Según la versión oficial, un cuerpo especial, los SEAL, entraron a la mansión en que vivía el citado terrorista y la emprendieron a tiros con todos los allí presentes, sin conservar siquiera el cuerpo (que si no me equivoco, dijeron que fue a parar al mar). Muchos justifican esta acción señalando que difícilmente podría capturarse al delincuente si no fuera de esta manera, pero ¿puede un país democrático hacer algo así?

El proceder del gobierno estadounidense en este operativo fue, como en muchas otras desgraciadas ocasiones, antidemocráctico y, sobre todo, inhumano. Por mucho que le pese a un gobierno, lo que diferencia a un estado democrático y civilizado de los grupos terroristas es básicamente su proceder y su respeto a las leyes, y en especial a los derechos humanos.

Un cuerpo de seguridad o defensa de un estado debe siempre tratar de capturar con vida (y con el menor daño posible) a cualquier presunto delincuente (por muchas pruebas que se tengan en su contra) para que recaiga con él toda la fuerza del imperio de la ley. Da igual cual sea su delito, se le debe mantener con vida siempre que sea posible. Y además, se debe hacer sin vulnerar las leyes vigentes, nacionales o internacionales.

Pero cuando se habla de terrorismo, el fervor y el odio hacen olvidar estos principios que rigen la ley y la justicia. Todo un problema, toda cuenta que no se debe actuar contra un criminal que ha llevado a cabo actos de lesa humanidad con el odio provocado por sus acciones, sino con la efectividad y rigurosidad de la jurisprudencia, que siente una condena acorde a los actos del delincuente en cuestión.

Resulta por tanto alarmante que la población de todo un país (y la de más naciones que también acogieron la noticia de igual manera) festeje un operativo de su propio gobierno de sesgos ilegales y paramilitares. Y más grave aún es que un producto audiovisual que pretende dar clases de profesionalidad y ética a los informantes de ese país haga alegoría de una caza al margen de la legalidad. Porque por esa regla de tres, el 1 de mayo de 2011 abatieron a Bin Laden, pero cualquier otro día podrían dejar de nuevo de lado el ordenamiento legal para los intereses del Gobierno, pero esta vez en contra de su propio pueblo.

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