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El proceso de demonización que los medios españoles realizan en torno al gobierno de Maduro es tan evidente como efectiva.

Imagen de otro conflicto achacada a las protestas venezolanas. / eldiario.es

Maduro es un déspota al que el pueblo venezolano detesta, y que se mantiene en el poder gracias a que controla la policía y el ejército nacionales. Esa es la idea que puede extraerse de las diferentes piezas informativas que ofrecen cada día los telediarios españoles, así como de las informaciones que publican periódicos de referencia como El País o El Mundo. Sin embargo, ¿es esa la realidad?

Según el discurso mediático, la realidad del país sudamericano está anclada en el caos, ya que en los últimos meses apenas se da una sola noticia que no sea de revueltas y/o acciones policiales. Y antes de que comenzaran todas las protestas tampoco es que fuera mucho mejor el mensaje que se daba, resaltando siempre aspectos negativos de la gestión de Chávez primero, y de Maduro más tarde, y la fuerte oposición a la que se enfrentan -y a la que parecen acallar de manera fraudulenta en los comicios por lo que apuntan los principales medios cada vez que hay elecciones en el país-.

De esta manera, una gran parte de los ciudadanos españoles tiende a mirar hacia Venezuela con unos ojos claramente marcados por esta imagen desoladora. Tanto es así que es usual hablar del régimen venezolano, término, si bien correcto en su definición como sistema político, con una marcada carga ideológica ya que suele utilizarse para hacer referencia a autocracias -lo cual es inexacto en este caso ya que, como poco en un sentido teórico, Venezuela es una democracia-.

Asimismo, los medios alaban asiduamente a la oposición y critican con dureza al chavismo, que parece no haber hecho nada bueno en todos sus años en el poder. Y nosotros nos lo creemos.

Por un lado cabe reflexionar sobre la oposición venezolana. ¿Son de verdad tan buenos? ¿Gozan de tanta popularidad? Respecto a lo primero, sin intención tampoco de demonizarlos a ellos, es necesario señalar que, como toda opción política, tienen sus ventajas e inconvenientes. Y si su relación con las potencias occidentales y los grandes medios transnacionales es mejor, tal vez sea por una serie de afinidades con esa misma ideología que ahora expande la austeridad por el mundo entero, abriendo la brecha entre ricos y pobres. Al mismo tiempo, con respecto a su popularidad, a la par que no hay que negar que tienen muchos seguidores -recordemos que Capriles obtuvo un 49 por ciento de los votos en las últimas presidenciales-, también se puede poner en duda el carácter masivo que parecen indicar muchos medios, al menos según indican algunas fuentes alternativas con ejemplos como este. Y además, también hay que señalar que en torno a este conflicto de intereses existe una gran desinformación, como señala Pascual Serrano en Venezuela y Twitter, la orgía desinformativa, sobre todo a través de las redes sociales, achacando a la actualidad venezolana imágenes de otros lugares.

Por el otro lado, el del chavismo, hay que analizar las duras críticas que se le hacen y reflexionar sobre ellas. Nadie es perfecto, por supuesto, y mucho menos una corriente política tan populista y marcial como el chavismo, pero tampoco nadie es un demonio. Y si Maduro está en el poder, y si sigue tras las manifestaciones de los últimos meses a diferencia de dictadores a los que tumbaron recientemente como Mubarak, quizás es porque no todo es como lo pintan algunos.

Chávez consiguió un apoyo de una gran parte del pueblo venezolano, y muestra de ello es que hoy siga su sucesor en el gobierno, a pesar de que muchas de sus apariciones señalen que sus competencias son bastante limitadas. Y eso no lo consiguen por azar ningunos demonios. Algo debieron darle a ese pueblo.

Los sectores pro-chavistas suelen hablar de que ha aumentado la alfabetización desde que llegara Chávez, o la llegada de agua potable a muchas zonas, y muchas otras cosas. Sin embargo, el sector contrario suele poner en duda estas afirmaciones y mostrarse muy crítico -sobre todo con la libertad de prensa en el país, cuyos medios están divididos en un pequeño porcentaje de medios públicos bajo control gubernamental y un amplio espectro privado con claro apoyo a la oposición-. Sin embargo, de toda la discusión, personalmente, no me quedo con la parte de unos ni con la de los otros, sino con la credibilidad que se le da a los representantes venezolanos.

Recuerdo una entrevista en Los Desayunos de TVE, creo que de cuando Ana Pastor aún los presentaba -no he buscado el programa citado porque no recuerdo la fecha ni remotamente- en que el embajador venezolano acudió para ser entrevistado. La libertad de prensa fue un tema principal, y los tertulianos, representantes de algunos de los principales medios nacionales, se mostraron inquisitoriales frente al hombre, que respondió con decisión todas las preguntas, y dio su visión de los hechos. Asimismo, no pareció dársele mucha importancia a los datos que dio en torno a la evolución del índice de alfabetización en Venezuela. Con todo esto no quiero criticar la actitud de los periodistas en dicha ocasión, sino invitar a la reflexión sobre si se examina de igual manera a los representantes de naciones enemigas y a los propios, ya que por otro lado no parecen hacer tantas pesquisas en otros casos como, por poner un ejemplo, muchos datos controvertidos en materia de economía que da el Gobierno español.

En definitiva, y a modo de resumen, uno puede estar más o menos de acuerdo con una u otra opción o personalidad política, incluso detestarla, pero la imagen de Venezuela que ofrecen los principales medios españoles -que cabe señalar que en algunos casos, como el de Prisa, tienen medios y negocios en el país- es un ejercicio de demonización que pasa, y por mucho, los límites de lo ético. Ni los unos son santos ni los otros sádicos diablos. Pero lo peor no es que los describan así. Lo peor es que como todos lo hacen, nos lo creemos.

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