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Qué fácil resulta en España ver las diferencias entre unos y otros, y qué difícil los rasgos que pueden unirnos.

Durante la tarde de ayer, gran parte de España acogió manifestaciones en pos del establecimiento de una república. La consigna era clara desde el anuncio de la abdicación del Rey durante la mañana: evitar que Felipe de Borbón se convierta en Felipe VI.

Cataluña no fue una excepción, y la Plaza Catalunya de Barcelona acogió una gran concentración que más tarde se desplazó hacia Plaza Sant Jaume. El clamor se extendía con el paso de los minutos. Pero aún así hubo espacio para el roce y la aspereza entre diferentes.

En un principio, la concentración estaba copada de banderas independentistas catalanas -algo completamente normal puesto que el modelo de estado que reivindican es una república-, salpicada de algunas republicanas españolas. Con el paso de los minutos aparecieron en escena un grupo de chavales de las Juventudes Socialistas, todos con la republicana al cuello y cantando distintas consignas como “¡No hay dos sin tres, República otra vez!”. Algo comprensible teniendo en cuenta que todos estaban allí por una misma razón.

Sin embargo, la diferencia resulta siempre más evidente que la similitud. Un grupo de independentistas que se encontraban cerca de los jóvenes socialistas arrancaba gritos en pos de su causa a sus compañeros, a lo que el pequeño grupo trataba de responder gritando más que ellos. De esta manera, y como es habitual en España, se hundía el dedo en la llaga de la diferencia en lugar de hacer hincapié en la unión. El debate se tornaba el de Cataluña en España o sin España, en lugar de ser el de Borbones sí o no, en el que todos coincidían.

La diferencia siempre resulta más visible. Pero también gusta poner el acento en ella. La concepción de que la idea propia es la única válida refuerza además este hecho, puesto que desacredita la opinión contraria. Y todo ello conduce al enfrentamiento, incluso en un entorno como el de ayer, que debía ser amistoso.

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Cabe decir que no hubo incidentes en la manifestación de ayer. Pero el conflicto tuvo una víctima: la causa. Hacer hincapié en las diferencias entre unos y otros consigue dividir a la gente. Y cuando las reformas que se piden son tan importantes como las que se reclamaban ayer, y requieren de un consenso social tan amplio, poco puede hacerse si cada uno va a su guerra.

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