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La victoria de Pedro Sánchez en las elecciones para la secretaría general del PSOE, clara apuesta por el continuismo desastroso.

Pedro Sánchez es el nuevo secretario general del PSOE. Con el apoyo del 49 por ciento de los votantes, el madrileño superó a Madina -39 por ciento- y Pérez Tapias -15- en la carrera para dirigir el partido tras la era Rubalcaba. Pero hasta ahora ha sido lo fácil, ganar unas elecciones siendo el candidato del partido. Lo difícil viene ahora: reflotar ese mismo partido que lo ha elegido para que vuelva a ser un referente.

Pedro Sánchez. /RTVE

Pedro Sánchez era la opción continuista. No tanto por su perfil -economista con experiencia, especialmente en el mundo de las cajas de ahorros-, sino porque había recibido el apoyo de la mayoría de los barones socialistas saliendo prácticamente de la nada. Sánchez no es secretario general por sus méritos ni por sus propuestas, sino porque una organización acostumbrada a elegir a sus candidatos en congresos y no en primarias le ha señalado para ser el siguiente.

La importancia de hasta qué punto rompe o no con lo anterior este cambio de secretario general está en que el PSOE cae en picado desde el segundo gobierno de Zapatero y sus concesiones a los famosos mercados ponen en duda la “S” de sus siglas. Esto, junto con el reciente apoyo a la monarquía, ha desconcertado a los votantes, que ven a la opción tradicional de centro-izquierda escorarse cada vez más hacia el centro-derecha. Y la mejor opción para romper esa dinámica no parece que sea poner al mando a un economista que formó parte de la asamblea que aprobó la mayor partida de preferentes de Caja Madrid, aunque él mismo haya restado importancia a este hecho.

El PSOE anda perdido sin saber cómo recuperar a todo ese electorado que se fue por la puerta de la izquierda, harto de ver que la opción a la que habían dado su apoyo estaba siendo partícipe de desahucios y corruptelas al tiempo que rescataba a los bancos cuando llegaba la temida crisis. Y aunque Sánchez hable en su discurso de varias medidas interesantes y de redistribución de la riqueza, a la mayoría de votantes le cuesta creer esas palabras, ya que vienen de un partido que en ningún momento se ha enfrentado al establishment económico para defender a su electorado.

Los no electos, Madina y Pérez Tapias. /ABC

Los no electos, Madina y Pérez Tapias. /ABC

No es que el panorama hubiera sido muy diferente si el ganador de las votaciones de ayer hubiera sido otro. Madina no es tampoco ningún revolucionario y está más que ligado al partido, al igual que Pérez Tapias -al que hay que añadir que su capacidad renovadora a los 59 años debe ser limitada-. Pero no eran el hombre del partido. No eran esa persona, escogida por las altas esferas de la organización para empuñar el liderazgo socialista.

En definitiva, la vida sigue igual. El PSOE se entrega a la renovación poniendo a la cabeza a un hombre bastante más joven que Rubalcaba -aunque incluso Pérez Tapias lo es-, pero cuyo perfil sigue muy alejado de la izquierda a la que el partido representó durante gran parte de la democracia española. El tiempo dirá si este cambio ha sido un acierto, pero por ahora no parece que sea ese golpe de timón que evite que el partido siga acercándose más al precipicio y lo redirija hacia la cima de la montaña.

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