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La Franja de Gaza se desangra por los ataques de Israel ante la mirada altamente pasiva de la diplomacia internacional.

Ya son más de 500 los muertos que ha dejado Israel en Gaza en las últimas dos semanas. En su mayoría civiles. Muchos de ellos niños, incluso bebés. Y solo unos pocos a los que el ejército israelí pueda catalogar como enemigos.

Al bombardeo sistemático se le unió la ofensiva por tierra hace cuatro días con el objetivo -o eso dicen- de encontrar los túneles que conducen a los miembros de Hamás hasta fuera de Gaza -y a través de los cuales se supone que perpetran sus ataques-. No se sabe si han encontrado alguno o no, pero sí que han dejado un reguero de cadáveres de todas las edades que poco tiene que ver con una acción militar en busca de un objetivo estratégico.

Imagen de un bombardeo. /El Comercio

¿Hay derecho a que Israel siga adelante con esta masacre? Sus argumentos no se sostienen desde el primer momento. La respuesta a la muerte de un pequeño grupo de israelíes conllevó la matanza de decenas de palestinos, y aún continúa segando vidas. Una reacción completamente desproporcionada, o como dice Ignacio Escolar, “cien ojos por cada ojo”.

Y mientras todo esto sucede, para colmo parte de la juventud israelí da un ejemplo de sadismo presenciando los bombardeos desde montes cercanos. Todo recubierto por el halo de impunidad que da el apoyo silencioso de Estados Unidos, la inacción de los países de la UE y el pasotismo de la ONU, que hasta esta pasada madrugada, cuando la cifra de cuerpos sin vida superó el medio millar, no se pronunció -y tampoco hay que pensar que su “llamada de atención” vaya a preocupar mucho a Israel-. Una impunidad que no deja de llamar la atención ante las actuaciones del estado sionista.

Bombardear a una población de manera indiscriminada no puede ser en ningún caso una forma proporcionada de actuar. A pesar de la posible complicidad que pueda existir entre los grupos terroristas a los que dicen perseguir y la población con la que conviven, esta no es excusa para masacrar a inocentes -ni a culpables de ocultar a quiénes sí tienen las manos manchadas de sangre-. De hecho, si esta regla de tres fuera aplicada en otros contextos, pocos países quedarían en el mundo que no hubieran realizado esta práctica en alguna parte de su territorio.

Sin embargo, el estado de Israel aplica su lógica con toda tranquilidad y desde el pasado día 8 practica un exterminio sistemático en Gaza revestido de acción militar. Pero por mucho que quieran pintarlo como tal, lo que allí ocurre no es una guerra. En este conflicto no hay dos bandos enfrentándose, aunque sí haya dos bandos y sí haya ataques desde ambos lados. En este caso lo que hay es una represión de una parte por la otra, ya que la capacidad de respuesta palestina no es comparable ni por asomo con la israelí y además las víctimas de las ofensivas sionistas están siendo casi en la totalidad civiles. Pero no pasa nada.

No pasa nada porque Israel se lo puede permitir. Ellos son los aliados en Oriente Medio de Estados Unidos. Y un gran socio de Europa. Y en cambio, ¿quiénes son los palestinos? Unos seres humanos de segunda clase, condenados a morir si no escapan de la que consideran su tierra.

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