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El país que más resoluciones de la ONU ha incumplido en la historia sigue saliendo impune de todos sus actos.

En 2003 Estados Unidos, bajo la administración Bush, decidió invadir Iraq con la ayuda de sus socios europeos -España entre ellos-. El objetivo era derrocar al terrible dictador de ese país. Saddam Hussein era tan horrendo que no obedeció una resolución de la ONU al no cooperar en la investigación sobre si tenían o no armas de destrucción masiva. Un acto imperdonable que propició la heroica entrada de las tropas internacionales para imponer su paz.

Por otro lado, desde mucho antes de 2003 -concretamente desde 1947- Israel quebranta resoluciones del mismo organismo internacional sin sufrir la misma suerte que los iraquíes. Hasta 26 directrices de este tipo ha desoído el estado israelí sin ninguna consecuencia relevante hasta el momento. Este hecho le ha puesto a la cabeza del mundo en esta materia, muy por delante de todas las dictaduras amigas y enemigas de Estados Unidos y Europa.

Imagen de la escuela bombardeada hace dos días. /peru.com

Imagen de la escuela bombardeada hace dos días. /peru.com

¿Por qué ese doble rasero? ¿Por qué unos tienen forzosamente que colaborar con la ONU mientras otros derrumban escuelas y hospitales en cada operación de ataque contra sus enemigos –en 2009 ocurrió lo mismo-? La razón es simple: unos son aliados y los otros no.

Unos no son nadie -o al menos nadie de confianza- y los otros son el estado gendarme de la Casa Blanca en la región, con un fuerte despliegue militar en Oriente Próximo. Y además, los unos tienen la defensa moral del antisemitismo sufrido durante siglos en Europa mientras que los otros no han podido evitar que los medios occidentales les cuelguen el cartel de potenciales terroristas.

Estos factores ponen a Israel en una situación ventajosa, con el apoyo incondicional de Estados Unidos y un escaso margen de injerencia en sus asuntos para todo estado que no quiera ser señalado como antisemita, creando un paraguas de impunidad a su alrededor. Asimismo, esta libertad de acción ha hecho que en su seno se hayan podido plantear y poner en marcha las reclamaciones más fundamentalistas en torno a su derecho sobre la tierra. Fundamentalistas en el sentido que señalaba el palestino-estadouniense Edward Said en una conferencia en 2003, ya que su supuesto derecho sobre esa zona geográfica se basa en el nacimiento de la civilización judía, que convivió en la región con múltiples pueblos, y que tuvo lugar durante un tiempo mucho menor al que podían llevar los pueblos palestinos en los territorios de los que los expulsaron hace ya décadas.

Sin embargo no pasa nada porque estas proclamas sionistas conlleven una masacre donde no se respete la legislación internacional. Israel puede llevar a cabo bombardeos incluso en lugares protegidos por la ONU y de los cuales la UNRWA –que está dando cobijo a más e 140.000 palestinos– da las coordenadas a diario para evitar que sean atacados. Ello se debe a que no es un peligro para la “comunidad internacional” -que es como en su seno se hacen llamar los países colonizadores en la era postcolonial- y, es más, es un importante aliado. Y por el bien de los intereses “internacionales” a veces hay que darle carta blanca a alguien, aunque lo que haga no nos guste. Porque al fin y al cabo, alguien tiene que estar preparado para hacer el trabajo sucio.

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