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La Casa Real anuncia medidas que evitarían actividades ilícitas de sus miembros para tratar de asegurar la supervivencia de la monarquía.

Felipe VI, el rey “más preparado” de la historia de España, ya está introduciendo cambios en la Casa Real española. Con poco más de un mes en el cargo, se anuncia que el monarca prohibirá a los miembros de su familia trabajar para empresas privadas y que regulará los regalos que reciben, así como que ha encargado la primera auditoría externa para sus cuentas. Un gesto de modernización del nuevo dirigente de la hasta ahora arcaica jefatura del estado español.

Este gesto no es el primero de este tipo, ni cabe esperar que sea el último. La misma abdicación de su padre suponía el cambio de un monarca anciano por uno adulto, acallando a los que no paraban de mofarse de cada despropósito que protagonizaba Juan Carlos I. Pero la imagen de la Corona española, que se encontraba en un estado deplorable hace un par de meses, no podía recuperarse tan solo con un cambio de cromos y el consiguiente panegírico de Televisión Española y demás medios afines. Para que la confianza de sus súbditos volviera a ser lo que fue -o parte de ello- la transformación debía ser más profunda. O al menos aparentarlo.

Felipe VI. /RTVE

Felipe VI. /RTVE

Ahí entra en escena el renovador vástago del hombre que rebosaba campechanía, mucho más actual -30 años menos tiene que su progenitor- y por tanto se supone que consciente de las problemáticas actuales. Y para reforzar esta idea surge la iniciativa de atajar todos los indicios de que la familia real se ha aprovechado de su posición -más allá del sueldo que perciben- y ha participado en negocios ilícitos. Un movimiento hábil el de ofrecer a la ciudadanía que la Casa Real se someta -al menos sobre el papel- a lo mismo que se pide para los políticos: un control de sus cuentas y medidas que aseguren que no obtienen ventajas personales de su relación con el sector privado.

“Cambiarlo todo para que no cambie nada” que rezaba la teoría lampedusiana del Gatopardo. Cambiar no solo un rey, sino también las leyes que le afectan y sus privilegios, para que no cambie el fondo, el sistema político que permite que un hombre siga teniendo simplemente por su nacimiento un derecho que no tienen sus compatriotas: el de reinar sobre todos los demás -además de todos los privilegios que esto conlleva-. Así el nuevo monarca será abrazado como el reformador que dio un nuevo aire a la institución que representa, y esta misma sobrevivirá tras este nuevo lavado de cara.

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