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La enseñanza técnica se abre paso en las escuelas, lo que también puede tener ciertos efectos adversos en las generaciones futuras.

La tecnología es la religión del siglo XXI. Prueba de ello es el dogmatismo con el que sus verdades se aceptan como innegables. Actualmente uno puede dudar de la existencia de uno o varios dioses, incluso afirmar que no existe ninguno, pero no poner en entredicho la supremacía de la ciencia como reveladora de verdad.

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Una muestra del dogmatismo de la tecnología es como va entrando cada vez más en los planes de estudio. Asignaturas como la informática llevan ya un tiempo asentándose en la ESO, y ahora países como Reino Unido o Francia quieren incluir la programación en los contenidos enseñados en sus aulas. Esto fomenta la motivación, la creatividad y la autonomía de los estudiantes al tiempo que los prepara para un mercado laboral que cada vez demanda más este tipo de conocimientos según los impulsores de estas medidas. Sin embargo, la ciencia tiene una cara amarga.

La elevación de la tecnología como el más valioso de los saberes y su potenciación en las escuelas puede tener un efecto negativo y peligroso: la devaluación de las humanidades y las ciencias sociales. Centrar el aprendizaje de las nuevas generaciones de manera exclusiva en la técnica y dejar de lado el estudio de la sociedad y del ser humano conllevaría que las personas resultantes de esa educación sean muy aptos científicamente pero también difícilmente críticos en lo que se refiere a pensamiento social.

Las letras no son un campo rentable. No hay en torno a ellas un negocio como el que circunda a la tecnología, y su altísima relatividad y subjetividad hace de ellas un campo molesto para quienes necesitan certezas como las de la ciencia. Sin embargo son muy necesarias para mantener una sociedad sana. Porque al fin y al cabo en ellas hay un elemento que en la ciencia es recogido con resquemor: la duda. En el estudio del propio ser humano es donde se despierta el pensamiento crítico, necesario entre otras cosas para que el debate democrático sea realmente productivo.

Por tanto dar prioridad a la cultura tecnológica sobre la humana no es buena idea. Porque daría pie a una generación más apta técnicamente, sí, pero también más dócil y manipulable, además de menos apta socialmente.

Todo esto no significa tampoco que la ciencia sea la que deba ser desterrada de la educación. Ni mucho menos. Pero lo que sí se debe hacer es no supeditarla a otras áreas del conocimiento igualmente necesarias. Y admitir que las verdades de la ciencia pueden ser también relativas y que la mejora en el nivel de vida que producen los avances tecnológicos puede no ser tal si no se acompaña de un progreso social que ayude a democratizar esos avances. En definitiva, hay que abrazar la tecnología, no venerarla.

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