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Resulta muy triste que un aficionado tenga que ir a un evento deportivo ocultando cuál es su equipo por miedo.

Para quien no me conozca, soy del Atleti. Desde que tengo memoria lo soy, por tradición familiar, y nunca ha dudado ni negado serlo, ni durante su travesía por el desierto de Segunda División ni durante esos largos años en que no había forma de vencer al eterno rival, cuyos aficionados enarbolaban la proclama de “se busca rival decente para derbi”.

Sin embargo, ayer fui a ver el Hospitalet-Atlético de Madrid de Copa del Rey. Debido a los incidentes del pasado domingo, el partido había sido calificado como de alto riesgo. Todo era preventivo y difícilmente pasaría nada -al menos con el despliegue policial que se puso en marcha-, pero el ambiente parecía incierto. Escuché consejo de mi padre y no llevé camiseta ni bufanda, no porque los aficionados del Hospitalet fueran a dar problemas, sino por la posibilidad de algún ultra de otro equipo en busca de bronca. Incluso si alguien me preguntaba de qué equipo era estaba listo para responder “¿Yo? Del Cai. De toda la vida”.

No pasó nada y para mi sorpresa había una multitud de colchoneros portando camisetas y banderas sin temor alguno. De hecho en las gradas ambas aficiones se mezclaron sin percance alguno en la mitad del estadio que sí estaba techada. Pero yo, por si acaso, no llevaba nada que me identificara como uno de los visitantes.

Cuento mi historia porque considero que resulta penoso que un aficionado tenga que ir a un evento deportivo ocultando cuál es el equipo al que apoya por temor a posibles represalias. Sin embargo, la permisividad con los grupos radicales y violentos ha hecho de los estadios un lugar que puede resultar peligroso en lugar del escenario de una fiesta donde dos conjuntos compiten de manera sana por la victoria.

Con el todo vale por la victoria y el club los valores del deporte se han ido emborronando, y donde debía haber honor y cordialidad solo queda en muchos casos hostilidad y enfrentamiento. Esa violencia en los aledaños de los estadios -si no dentro de los mismos- no es sino la antítesis de lo que debería ser cualquier evento deportivo.

En la antigua Grecia, cuna del deporte moderno, los Juegos Olímpicos -máxima expresión del deporte helénico- eran un espacio de concordia donde la confrontación se limitaba a la existente en la pista. Incluso se llevaba a cabo la tregua olímpica, un cese de los conflictos entre las ciudades-estado para que todos los atletas pudieran acudir al evento.

Pero, ¿qué queda de todo eso en la actualidad? Lo mismo que del resto de la Grecia antigua, ruinas.

Los estadios han dejado de ser espacios casi sagrados donde dejar a un lado la violencia para ser un lugar donde se potencia la misma. No solo a nivel físico, ya que en el aspecto verbal pocos lugares puede haber menos pedagógicos para cualquier niño que un campo de fútbol por las “lindezas” que profieren los aficionados -radicales o no-. Toda una tergiversación de los valores que el deporte debería transmitir.

La actitud de los padres suele ser un problema en el fútbol base.

La actitud de los padres suele ser un problema en el fútbol base.

Esta situación puede revertirse, pero no es nada fácil. Para comenzar hay que extirpar a los grupos radicales de los estadios en un mensaje claro de que la violencia no tiene lugar alguno en torno al deporte. Pero eso no es todo.

Estas acciones, que ya han llevado a cabo el FC Barcelona, el Real Madrid y, esta misma semana, el Atlético de Madrid -que está por ver cómo se pone en práctica-, son importantes, pero deben ir acompañadas de una fuerte pedagogía en torno a qué es el deporte y cuáles son sus valores. Solo de esta manera podrá apartarse el estigma de la violencia de estos eventos.

Hasta entonces, aquellos a los que nos gusta el deporte y no la bronca tendremos que seguir cuidando en algunas ocasiones la respuesta ante la pregunta “¿Tú de qué equipo eres?”. Pero siempre queda el sueño en el horizonte del día en que los partidos sean una fiesta, juegue quien juegue y gane quien gane, y en el que cada uno sea libre de apoyar a quien quiera, siempre y cuando lo haga con respeto.

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