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La obra teatral Patente de Corso refleja la realidad del escritor en el que se basa: es pretenciosa y poco constructiva.

Pretenciosa. Esa es la palabra que mejor describe Patente de Corso, la obra que anoche representaron en el auditorio Fibes de Sevilla la pareja de Mundoficción.

Con una estructura caótica que va alternando la historia principal (un “pringao” quiere comprarle una patente de corso a un vividor caradura para pasar a ser él también un “hijo de puta”) con el relato de artículos de Pérez-Reverte, la fuerza se pierde al querer hablar de todos y cada uno de los problemas del mundo en menos de dos horas. Ese bloque central, ese hilo conductor, podría tener fuerza para dirigir la obra per se con su propia crítica subyacente. Sin embargo, cortan la obra cada vez que pueden para introducir un nuevo texto del escritor, cada cual más denso y profundo, lo que la hace inabarcable e infumable para aquel que no va ya de antemano rendido a los actores y/o al autor.

Pero para ver la pretenciosidad pérez-revertiana patente en la obra no hay más que ver su inicio. Con un monólogo a dos bandas, los actores recitan el artículo Los amos del MundoUn clásico ya del escritor: su anuncio de la crisis que llegaría en 2008 redactado en 1998. La medalla más lucida por el académico de la RAE. Sin embargo, ese texto, al menos a estas alturas, cuando ya todo el mundo ha escuchado suficiente de crisis, especulación financiera y tiburones de la banca, no tiene mucho sentido. Al menos no abriendo una obra.

Además también hay que resaltar el poco tino de los creadores al querer alternar puntos muy trágicos y otros muy cómicos, dejando una mala impresión al hacer un chiste tras describir una escena desoladora de un personaje en una extrema decadencia. La tragicomedia es un arte complicado de desarrollar, y en Patente de Corso por desgracia no está bien ejecutado.

También está la excesiva agresividad del relato, donde parece que la única solución a los problemas es coger un arma y emprenderla a tiros con aquel que le agravia a uno. Un sello de la pareja cómica de actores que, mientras quedaba muy bien (y mucho más sutil) en su película El mundo es nuestro, en la obra resultaba ofensivo. La solución a los problemas de esta España con la que tanto se les llena la boca en la obra (y a Pérez-Reverte en sus artículos) debe pasar por algo un poco más constructivo que unos cartuchos de escopeta.

En definitiva, la obra no es para nada recomendable. Y sin embargo, recibió bastantes aplausos, como presumen en Twitter sus autores:

Pero era un aplauso entregado y raro. Entregado porque desde el minuto 1, desde antes de empezar, ya aplaudían con ímpetu (de hecho, incluso diría que perdió fuerzas el aplauso al final). Y raro porque no era el aplauso de un teatro. Era un aplauso poco habituado a las tablas, por cumplir, que a la que los actores se despedían cesaba para correr hacia el parking en lugar de continuar para forzar una segunda despedida.

¿Qué significa esto? Que Patente de Corso triunfa a pesar de todo. Porque sus piezas de promoción encajan a la perfección para atraer al teatro a un público heterogéneo y extraño. La conjugación de dos celebridades de Internet y de la cultura alternativa con un escritor resabiado resulta atractiva. Lástima que para muchos aficionados al teatro, todo se haya quedado en el márketing.

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